Tratado sobre el tiempo
El tiempo, decía un linyera que dormía en el jardín de mi casa en la década del noventa, es una ilusión. Es una fantasía a la que nuestro cerebro se remite cuando debe ordenar la memoria. Imaginemos por un momento toda una vida de recuerdos sin orden. El caos sería inevitable. La locura, una consecuencia obvia. El linyera afirmaba ostentar esta última condición. Su envidiable facultad de desprenderse del tiempo como ordenador de sus memorias lo arrastró al estado con el que murió aquella fría tarde de julio cuando un picaflor le perforó el tímpano, afectando directamente su estabilidad y provocando su fatídica caída sobre la bordeadora.
El linyera murió en su ley y por ello vivirá siempre en mis ordenados recuerdos. No olvidaré jamás sus últimas enseñanzas.
"Yo puedo viajar al pasado con solo cerrar mis ojos. ¿Puede usted decir lo mismo?"